Las sentencias

Llueve. Me encanta el sonido de la lluvia. Refresca. Alivia. Da un fresquito al alma.

El minúsculo sonido de la lluvia me lleva a pensar en las sentencias que muchas personas hacen sobre otros: ¡qué mal te ves!, ¡siempre serás así!, ¡nunca lo vas a conseguir!, ¡no cambias! y así podría continuar infinitamente.

Lo impactante es que éstas personas ni se detienen a pensar si hacen daño o hieren a otros. No hay empatía, no hay respeto. Por eso hace un tiempo que decidí no callar lo que me duele, no omitir lo que me desagrada. No es fácil. Hemos recibido mucha programación para que nos conformemos, para callar con el fin de no incomodar a nadie.

Los tiempos han cambiado y se nos convoca a reafirmar y defender nuestra propia voz, lo que somos, lo que nos hace felices por encima de hacer feliz a los demás, es nuestra hora, es el momento de los que se rebelan ante aquellos que nos quieren ver sumisos, penitentes.

Por eso escribo, porque siempre me ha gustado, porque siento que nadie puede controlarme, nadie puede decirme que no lo haga, no me lo pueden prohibir, es mi lugar de libertad en el que puedo ser en todo mi esplendor.

Me gusta escribir, me gusta. No aspiro ser una súper escritora, no quiero dar lecciones de literatura y redacción a nadie, solo quiero expresar lo que me nazca. Lo que me haga sentir viva, plena, presente.

Aún llueve. Tengo sueño. Mis ojos se van cerrando, espero continuar escribiendo en los sueños oníricos, en el inconsciente. Allá donde quiera que esté, escribiré.

La dificultad de ser

Para la mayoría de las personas ser lo que sienten y asumirlo con libertad es tan pesado como subir una montaña. No es falta de personalidad son un cúmulo de situaciones que nos impiden ser.

Pasa que muchas de las personas que dicen quererte insisten en que hagas lo que a ellos les hace feliz. No es que lo hagan con mala intención pero lo hacen ¿nos han educado para presionar a los demás a amoldarse a nuestros designios? O es que ¿nos han educado para no ser?

No voy a negar que es difícil asumirse tal como uno es; hay mucha presión del entorno, de la familia, de la sociedad en general. Además es tan cansino dar explicaciones de todo pero la gente quiere explicaciones de todo. Relax.

¿Quién soy, qué me hace feliz? creo que puedo tener una buena idea pero aún así, dudo. Y dudo porque hay demasiadas voces en mi cabeza que insisten en mantenerme en ese estado de conformidad o de parálisis por miedo o a veces por apatía depresiva. No hallar ese lugar que nos dibujaron o nos dijeron que es el éxito o la felicidad puede ser frustrante.

He podido identificar que esa construcción ficticia me hace infeliz, por eso abrazo lo que me hace sentirme plena o relajada porque la felicidad es aquello que te da paz no que te excita o te dispara los nervios.

Normalicemos decir aquello que no nos gusta y hablemos de lo que nos emociona. Nadie nos va a penalizar por comunicar. Nadie. No existe el coco que nos viene a comer. Dejemos todo eso a un lado y comencemos a vivir lo que somos sin culpa. Si no les gusta a los demás que se revisen.

Sí, me gusta como soy.

Me gusta descubrirme poco a poco.

Me aprecio con todos mis defectos y virtudes.

No es asunto mi forma de ser te incomoda. Soy así. Salud.

Cosas diferentes

He vuelto al trabajo pero no he vuelto del todo a la rutina y es que no quiero volver.

Todo ha cambiado. Hemos cambiado. Nuestro entorno ha cambiado.

La espontaneidad por ahora no existe. Todo son normas, protocolos, desinfección, protección, ya no se ven las sonrisas y muy poco las miradas.

Cuando parece que todo debe moverse a una vida más flexible, resalta la testarudez y la resistencia a hacer las cosas diferentes.

Es agotador luchar contra quienes se han acostumbrado a ser autómatas.

Es desolador pensar que la gente no tenga ganas de hacer cosas nuevas.

Es triste que la gente no desee ni siquiera negociar.

Y así nos va.

Por mi parte he aceptado la invitación de la pandemia a repensar el presente.

Lo hago desde la escritura, sobre todo, drenando una semana que se ha vuelto complicada de asumir a nivel personal.

Que bonito compartir con tus hijos sin estrés por los horarios o por la presión del caos de la gran ciudad.

Hasta las peleas son más bonitas, más intensas.

La pandemia es una plaga para la humanidad y a la vez una maestra que nos permite apreciar lo que tiene valor real.

No quiero olvidar la enseñanza.

Quiero vivir de forma diferente.

Vivir a mi manera, que no tiene que ser ni popular, si no la mía.

Colocar la energía en aquello que vale la pena.

No soy ilusa, entiendo que las cosas no cambian de un día para otro.

No tengo miedo de ir poco a poco, iré a mi ritmo, a mi espacio.

Iré y seré feliz.

Más feliz.

Cuarentena, lugar común

Vivir la cuarentena es complejo y lindo a la vez. Tengo dos hijos, los adoro, pero a veces me los comería al estilo Stephen King, con misterio y sin compasión.

Pensaba que no escribiría sobre la cuarentena, como ven, me encantan los lugares comunes.

En España se cumplen dos meses del confinamiento, en las últimas semanas hemos vivido una flexibilización de las medidas, pero en casa es como si estuviéramos en la fase de inicio. Salimos cuando nos provoca y no es que sea mucho. Me temo que nos acostumbramos a estar aislados, a veces me preocupa, a veces me da igual, ahora sé lo que sienten los animales cuando ven a un humano: ¿temor?, ¿incomodidad?, ¿miedo?, ¿cansancio?

Nunca he tenido problemas con las multitudes, pero ahora no me gustan las aglomeraciones, les huyo. Cuando veo venir a dos o más personas cambio de acera, tal vez la gente lo asuma como un gesto de antipatía, la realidad es que no me importa. No quiero estar cerca de casi nadie y por eso cambio de sentido. Mantengo muy bien las distancias y respeto las normas de seguridad, debe ser por eso que ya no aplaudo por las noches porque me cansé de ver que la gente pasa de todo.

La cuarentena en familia ha ido bastante bien. No niego que hemos tenido algunas crisis; llantos, berrinches, frustraciones, algunos gritos, luego viene lo más bonito que son las disculpas, los abrazos, las caricias frente al televisor con una mantita caliente, apapachados de amor.

En este confinamiento los sentimientos son más intensos y explosivos, tal vez sea el preámbulo necesario para asumir que las cosas no volverán a ser lo mismo.

He sentido una profunda melancolía viendo una película donde un grupo de amigas se tomaba unas cervezas entre risas y amparadas por la mirada cómplice que solo la amistad verdadera da.

¿Cuándo podremos estar cerca de las personas que queremos? Con mis afectos profundos sí quiero estar, sí quiero ver sus ojos y escuchar sus risas, que me expliquen de cerca qué tal les va. Las videollamadas no son mi fuerte, pero me obligo por los acontecimientos.

Volverá el tiempo en que quiera ser una exploradora de la vida. Ahora solo deseo morar donde siempre he sido feliz.

100 años, muchos años.

El 01 de mayo de 2020 mi abuela Adela hubiera cumplido 100 años.
¡100 años! ¡100 años, son demasiados años! Mi abuela era muy astuta y práctica, por eso desencarnó mucho antes.
Sobre nosotras.
Nacer dos días antes que ella nos hizo tener muchas cosas en común: el signo zodiacal, el carácter, la testarudez, la afición por el café, a veces el sentido del humor, pero solo a veces.

Fue la primera persona que me dio café con leche, que me llevó al mercado, que me sacó los piojos, que no me dejó dormir más allá de las 8 de la mañana porque le parecía inmoral.

No olvido que nos bañábamos juntas. Tenía cuerpo de pera. Recuerdo pensar que la pera que veía tenía ojos y boca. Nunca olvidaré aquellas duchas. En esos momentos no tenía ningún reparo en mostrar su cuerpo, en compartir el agua y el jabón conmigo, se le veía cómoda y relajada a pesar de su educación profundamente conservadora, se dejaba llevar.
La yeya
Adela Ramones nació en San Cristóbal el 01 de mayo de 1920. Criada en el campo sabía bien como matar gallinas y desplumarlas. Viuda prematura, crio sola a sus 4 hijos, todos profesionales y de los que se sentía profundamente orgullosa.
Buena madre, hermana y amiga querida por todos por su particular y a veces chocante sentido del humor, vivió lo mejor que supo, con honestidad, respeto y valor.
Asidua lectora de las novelas de bolsillo de vaqueros y de Corín Tellado, idolatró las telenovelas, El Chavo, El Zorro y solo vio un canal de televisión en toda su vida: RCTV.
Amaba el cine mexicano y sus figuras. Cantinflas, Pedro Infante, Jorge Negrete, María Félix, Tin Tan, en sus fiestas no podía faltar un buen Mariachi. No solía beber, por eso cuando se ponía alegre y se bebía un whisky se le veía bailar sonrojada. De bailar poquito.
En sus últimos años escondía caramelos de miel en los bolsillos de sus batas con la esperanza de mantenerlos a buen resguardo. Solía dormirse mirando la telenovela, aunque siempre lo negó. Su cabello era de un bello blanco uniforme. Nunca se maquillaba porque eso era como ella decía “¡puras apatusquerias!”.
Como buena gocha amaba la torta de pan, mojaba el pan dulce en café y hacía la mejor torta de plátano del planeta. Pero si algo extraño de lo que hacía mi yeya era su chicha andina y ese punto ácido de perfecto vicio.
Con mi abuela ratifiqué el poder que tiene la palabra. Por mucho tiempo declaró que quería morir de sopetón que no quería sufrir, le escuché pedírselo muchas veces a Dios.
Y así fue, murió de una embolia fulminante. Sin sufrimiento, sin ninguna agonía, tal cual como lo decretó. Un pequeño dolor de cabeza y se durmió.
Yo ya vivía en Barcelona cuando falleció. No llegue a su entierro pero acompañé a la familia en un trance del que nunca me sentí del todo parte. Es curioso pero al no poder velarla ni verificar cómo cerraban y bajaba el ataúd en el nicho, por mucho tiempo sentí que en realidad no estaba muerta.
Recuerdo cuando fui a Venezuela con mi hijo Adrià de tres meses y vi luz en su habitación, pensé “¡avisen a la abuela que ya llegué!” para luego caer en cuenta que ya no estaba, que se había ido. No fue agradable entender que la mente me había jugado una mala pasada.
Ahora yeya con este pequeño escrito quisiera pensar que lo mejor fue que te marcharas antes de ver el país que no es país, que fue un gran alivio que no fueras testigo del cierre de RCTV, y de tantas, tantísimas cosas tristes.
Me anima pensar que la vida es más sabia que nosotros.
Me consuela saber que el país donde viviste fue mucho más bonito, más amable, más digno de ti y de toda tu picardía.
Gracias por la paciencia. Gracias por la fortaleza, gracias por todo y más.
Te amo yeya, siempre te amaré.

Centro

No quiero ser el centro de la vida de nadie. Quiero ser mi propio centro.

Musiquita

En la música me refugio con nostalgia y me destierro con alegría : )

Los dos entierros

Con 7 años -imprudentes- agarré una pequeña tortuga de mi tío.  Jugué un buen rato con ella pero se me olvidó ponerla de nuevo en el acuario, pasada una media hora vi que Bobby, mi perro, comía algo ¡era la tortuga! ¡Nada se pudo hacer, la reventó!

Mi tío se enfadó mucho y no me habló por unas horas. Recogí la tortuga y llame a mis amigos para explicarles. Fuimos a un jardín interno de los edificios e hicimos un entierro, un ritual completo, nos lo tomamos muy en serio.

Hoy, parece como si se repitieran las cosas, he encontrado a Tortul muerta en el acuario. La enterré sin tanto ritual pero con llanto. Le pedí disculpas, no sé por qué.

Sentí que había saltado en el tiempo, solo que mi primer entierro de tortuga fue en Caracas y ahora le toca a Barcelona.

Adiós Turtle

Dónde

¿Dónde quedará la tierra de los sueños perdidos?

A ver si voy a buscar los míos…

 

¿Recuerdas?

Me gusta escribir, desde siempre.

Desde que tengo memoria para ilustrarlo en mi mente.

Imágenes  vienen, van, vienen, van y  aquel  olor de las libretas guardadas en el armario húmedo y un poco pegajoso, consecuencia  del clima tropical de Caracas.

Cada día, religiosamente, escribí un párrafo corto, una frase intrascendental, siempre lo hice, siempre.

Aunque lloviera a cántaros o mi abuela se pusiera de mal humor, aunque se pautara alguna pelea de boxeo entre mis hermanos en la escalera de la finca, de esas que prometía mucha acción y alguna que otra nariz rota, nada ni nadie podía detenerme, nada.

El mundo se detenía en un suspiro,  yo con él.

Fiel y constante. No es que tuviera mucho talento, pero sí entrega ¿de qué sirve el talento si no eres capaz de luchar? De nada, porque al final se apaga, se diluye, se desvanece, se evapora y más nunca lo vuelves a ver. Es como si se hubiera ido a por tabaco, se esfuma.

No quería perderme, ansiaba crear con mi lápiz, dueña de mis sueños.

Aquel día, un día, el día.

Paré. Me vacié.

Todo se detuvo.

Un silencio, un silencio insoportable.

Las ganas de escribir me sobraron y me las quité como a una sudadera.  Algo rompió la dinámica diaria ¿por qué? ¿cómo?  Creo que fue la repentina mudanza de casa de mi abuela, un cambio radical de entorno me desequilibró, me hizo perder el norte y cedí a la tristeza, a eso que le llaman también “desorientación espacial”.

Mi habitación ya no estaba llena de las sonrisas cálidas de mis tías o de los sonidos acompasados de las patas de la “Mota”, aquella pequeña perrita que rescatamos del taller mecánico de los hermanos Contreras  y que ya no estaba cerca para acariciarle su panza con mi pie. Era tan suave ¡tan suave! El placer de pasar mi pie por su piel fina y llena de pequeños pelos, calurosa, vital, presente.

Fue demasiado para mí y me bloqueé. Me situé en el limbo, en el silencio.

El exilio en mí.

Experimenté, me interné en el lado dark, vestía de negro y escuchaba rock intensamente ¿pensamientos suicidas? No, más bien melancolía y miedo, un temor profundo de tomar el lápiz y sentirlo resbalar por la hoja en blanco. La nada.

Mi lápiz ya no contaba nada más que números, formas geométricas que me enloquecían y frustraban. No quería repasar ni saber las diferenciales, quería reinventarme escribiendo pero temía que mi regreso fuera un estrepitoso ridículo, una afrenta a la desfachatez de la juventud.

Hasta que no pude más, sentía sed, mi mano estaba de luto y se me ocurrió crear un periódico de la clase. Un folletín  ¿Un panfleto?

Me amaron en los primeros días.

Al mes me odiaron.

Me sentí  viva y la tristeza se transformó en luz.

Capaz de comerme al mundo en un bocado de felicidad ¡tanta dicha!

¡Había regresado aquella pasión desenfrenada!

¡Era yo de nuevo!

¡Eureka!

¡Aleluya!

Di pequeños saltos en los pasillos del instituto sin que nadie me viera.

Un compás de voces e imitaciones me aclamaban.

Era toda euforia.

Bailaba (muy mal) me movía, no importaba nada, era feliz.

Y entonces…

Le conocí…

Me reconocí…

Y entendí que las pasiones pueden cambiar en un instante.

Adelys Castillo